Hay una palabra de
Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias." En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no.
Primero los Fariseos eran rigurosos a la tradición religiosa, y su énfasis era la resultante en los actos externos y menos preciando a las personas que no comulgaban con ellas. Un publicano era recaudador de impuestos, trabajaba para los romanos, el publicano judío quedaba excluido de la sociedad de sus compatriotas; sus amigos corrían la misma suerte.
Este relato nos lleva a una reflexión de que las personas no debemos tener una actitud arrogante hacia los demás, no teniendo un aire de grandeza no importando nuestro status, miremos la actitud del publicano, reconoció sus limitaciones, sus defectos delante de Dios y fue recompensado de tal.
La humillación es una condición para llegar al Señor, sus bondades y su misericordia alcanzarán a nuestra vida para se refrescado con su amor y perdón. Tengamos una súplica como el publicano, digámosle a Dios: "Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador."
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